8 jun 2020

A veces me indigno

A veces me indigno sin motivo. Bueno, en realidad con motivo. Pero yo sólo.

Es decir, a veces hablo conmigo mismo y me indigno de las cosas que, en mi imaginación, me dice la gente. Porque normalmente, en mi cabeza, la gente no se da cuenta de la importancia de lo que se dice y lo que no se dice. Supongo que la gente en este caso simplemente soy yo en mi peor versión. Yo en esos momentos en los que no digo lo que pienso, en los que acepto lo que me dicen por no saber qué contestar, en los que simplemente siento que no voy a saber expresar lo que sé y lo que siento. Porque claro, en mi cabeza, hablándole a gente imaginaria, el discurso sale muy bonito, fluido y con sentido. Pero todos sabemos que en el momento en el que esas palabras tienen que salir de mi boca van a empezar los tartamudeos, trastabilleos y las correcciones a media frase. Y claro, eso no queda serio. ¿Y todo para qué? Para que al final me respondan algo que no me espero y me quede en blanco. Ese maldito momento en el que te enfrentas a la página en blanco de tu mente. Ahí, en ese instante, en el que te atenazan los nervios y te amordaza la duda de no saber qué responder, es cuando pierdo. Cuando acepto que no soy capaz de seguir la discusión.

Y cedo.

Y ahí es cuando todos perdemos. Porque dejar pasar un comentario que sólo aumenta la desigualdad y el odio nos afecta a todos.

Y me indigno.

Porque teniendo ideas tan claras soy incapaz de defenderlas. Porque me da rabia ser consciente de la necesidad de hablar con la gente, y aún así no ser capaz de hacerlo más que cuando estoy solo.

Ojalá poder remarcar la importancia de abandonar algunas de las ideas de nuestros abuelos y nuestros padres para conseguir vivir en un lugar más tranquilo. Un lugar donde me indigne menos por no atreverme a hablar. Un lugar donde hablar no sea incómodo.

Mientras tanto, seguiré indignándome con los fantasmas en mi cabeza.

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