Me estiro, doy un salto y remonto el vuelo. Noto el aire
chocar contra mí a medida que acelero.
Entro en una nube, en su interior blanco, impoluto y fresco.
Siento la humedad en todo mi cuerpo mientras se forman miles de finas gotas en
mi cara debido a la velocidad. Salgo de ese paraíso nebuloso para encontrarme de nuevo con el
cielo azul. Y huelo a sal. Ahora sobrevuelo agua, el mar. Domina todo el
horizonte, hasta donde alcanza la vista.
Arañando la superficie con mis garras, dejando una estela en
el agua, como la cola de un cometa, poderoso y libre.
Me dirijo hacia una roca, voy a descansar un momento, volar
puede llegar a ser agotador. Aun así, por nada del mundo permitiría que me
quitasen mis alas. Con ellas puedo llegar tan alto y tan lejos como quiera. Podría
llegar hasta el sol. ¡Soy imparable, soy un dragón!
Ojalá acordarme de por qué o cómo escribí esto, pero estaba en un archivo de word de hace siete años y no me voy a arriesgar a que se pierda en el laberinto que son las carpetas de mi ordenador.
Resulta sorprendente cómo justamente hace pocos días hablaba con Argel sobre cómo me gustaría poder volar. Supongo que hay cosas que realmente nunca cambian.
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